Por Jaime Torres Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Sin imaginar que en 2003 escribiría un libro sobre su vida y trayectoria musical, tres décadas antes, para el verano de 1973, ya me considerada uno de los admiradores incondicionales de Héctor Lavoe.

Como documenté en la introducción de la obra “Cada Cabeza es un Mundo”, el segundo volumen de “Asalto navideño” fue el disco que me conectó con el Cantante, cuya dulce tesitura, fraseo vivaracho y juguetón; dominio del aguinaldo, la bomba y el seis, sumado a su ágil manejo de la clave afroantillana, despertaron mi interés por su música.

Así, como una retrospección, descubrí sus elepés con Willie Colón y la imagen de “malotes” que proyectaron en carátulas como “La gran fuga”, la recopilación “Crime Pays”, “Cosa nuestra”, “Guisando” y el mismo “Asalto II”, en cuya foto de portada recrean la escena de un atraco a una estación de gasolina, con el cuatrista Yomo Toro vestido como Santa Claus y el binomio Willie-Héctor como duendes.

El elepé “Lo mato”, literalmente, me mató. Ya la banda había alcanzado su nivel más alto de excelencia interpretativa, evidente en la brillante articulación de los trombones de Eric Matos y Willie, en la base rítmica de José Mangual Jr., Louie Romero y Milton Cardona, en la sólida estructura armónica provista por el profesor Joe Torres en el piano y Santi González en el bajo y, naturalmente, en la madurez de Lavoe como cantante, que lo mismo interpretaba una samba con salsa , como en “La María”, que una bomba en “El día de mi suerte” y las decimillas del aguinaldo en “Guajira ven”.

La noticia, a inicios de 1974, de la separación de Willie y Héctor me impactó, pero no muy tarde comprendí que era parte de la expansión del imperio Fania, que forjó su catálogo inicial con los clásicos grabados por binomios como Johnny Pacheco-Pete ‘Conde’ Rodríguez, Larry Harlow-Ismael Miranda y Ray Barretto-Adalberto Santiago, cuyos cantantes se lanzarían posteriormente como solistas.

Con asiduidad, seguí el desarrollo de su carrera a través de las páginas de revistas como Latin N.Y. y Teve-Guía, en Puerto Rico. Y no dudo que fui uno de los primeros fans que compró su elepé “La Voz”, editado en 1975 y producido por Willie Colón, que incluye su composición “Paraíso de dulzura”, inspirada en las bellezas de la Isla del Encanto, y cuyo primer sencillo fue “El Todopoderoso”, firmado por Willie y Héctor, pero que en años recientes ha trascendido que su autor e intérprete original es el venezolano, ya fallecido, Perucho Torcat.

Entonces, en que no me perdía sus conciertos con la Fania All Stars y los bailes que su orquesta amenizó en clubes como El Moroco en Vista Mar, Carolina, no imaginaba que estudiaría Periodismo y que algún día lo entrevistaría y reseñaría sus discos.

La inquietud por escribir el libro surgió la tarde del domingo 26 de junio de 1988. Aquel domingo inolvidable, al concluir mi turno al mediodía como operador de control y locutor de Radio Universidad y mientras manejaba de Río Piedras a Río Grande, escuché por WKAQ Radio Reloj 580 AM un titular que me estremeció: El Cantante Héctor Lavoe se debate entre la vida y la muerte tras caer del noveno piso del Hotel Regency, en el Condado.

“¿Qué razones pudo tener? ¿Fue un accidente o un intento de suicidio? Acaso, ¿alguien lo lanzó al vacío? ¿Cómo la carrera de un artista tan exitoso, querido y mimado por el pueblo podía concluir de esa manera? Preguntas y más preguntas que me sumergieron en una investigación y recopilación de datos que, complementada con tres entrevistas al Cantante y al cúmulo de memorias de sus conciertos y presentaciones, finalmente pude estructurar en abril de 2002”, escribí en la introducción del libro.

Además, en el camino, entre viajes a Nueva York, llamadas telefónicas y visitas a la Ciudad Señorial, pude entrevistar a personas como su hija Leslie Frances Pérez, su primer amor Carmen Ramírez, su madrina Fidela Ramos, su hermana Priscilla Vega, su comadre María Dávila, su tío José Antonio Pérez y a figuras del ambiente como sus manejadores Richie Bonilla y Héctor Maisonave, el empresario Jerry Masucci, Ralph Mercado, Tite Curet Alonso, Víctor Gallo y Willie Colón, quien a su vez escribió el prólogo de la primera edición, publicada en diciembre de 2003, un año después del traslado de sus restos a Puerto Rico, hecho que propició lo que describimos como el milagro de Héctor Lavoe: la reunión de toda su familia en Ponce.

Willie Colón escribió:

“Hoy día, sólo nos presentan un Héctor Lavoe contorsionado, cantando arrebatado y hablando sucio. Esto se debe al talento limitado de sus imitadores, que sólo les alcanza para hacer muecas de una caricatura de Héctor Lavoe. Homenajes siniestros que son meras oportunidades para promover artistas de poca creatividad y menos escrúpulos. Promotores y empresarios lo explotaron hasta el fin. Hasta en su agonía siguieron vendiéndolo y exhibiéndolo cuando ya no podía ni con su alma. Hoy continúan los tributos. Productores le montan “obras” teatrales y hasta películas, sin hacer las investigaciones apropiadas y sin entender quién era Héctor Lavoe. Otros se han apoderado del libro de sus arreglos musicales y siguen usando el nombre de Héctor Lavoe para una orquesta, recaudando fondos para caridades nebulosas”, versa parte del prólogo.

Con la publicación del libro de Héctor Lavoe albergamos la satisfacción de despertar el interés por la lectura de un sector de la grey salsera y, lo más importante, honrar su vida y legado con seriedad periodística, neutralizando un poco el sensacionalismo con que en el teatro y en el séptimo arte explotaron su imagen.

No olvido que el director cubano-americano León Ichaso me contactó en 2006 interesado en adquirir los derechos del libro para la película “El Cantante”, estelarizada por Marc Anthony y Jennifer López. Declinamos la oferta de la producción y así salimos ilesos del escándalo que se suscitó tras la premiere del filme en Metro Cinemas en Santurce por su énfasis en un Héctor Lavoe drogadicto a ultranza, maltratador, machista, violento, sin escrúpulos y valores, argumento que indignó a sus familiares y compañeros músicos. Discurso sensacionalista, como Ichaso hizo en “Piñero”, que se limitó a los vicios del artista, ignorando al genio del arte que trascendió su tragedia humana.

Hoy, 30 de septiembre de 2015, en que celebramos el sexagésimo noveno aniversario de su natalicio, considero que el séptimo arte aun está en deuda con Héctor Juan Pérez Martínez.

Este periodista, no obstante, escribe un monólogo basado en el libro “Cada Cabeza es un Mundo: La Historia de Héctor Lavoe”, cuyo estreno proyectamos, con la ayuda de Dios, para septiembre de 2016, en que el mundo salsero celebrará el septuagésimo aniversario de su nacimiento.

Hoy, 30 de septiembre de 2015, siento y afirmo que Héctor le sigue cantando a Borinquen desde la otra vida… Porque, aparte de leyenda y mito, Héctor Lavoe es la bandera del sentimiento del pueblo.

Jibarito eterno.

Voz de la pobreza.

Clave de la identidad boricua.

Sonrisa del dolor.

Sonero del desamor.

Caricatura del “a mí qué”.

Carcajada de la esquina.

Símbolo del aguante y la resistencia cultural.

Espejo del verdadero Puerto Rico: el de una historia de explotación colonial de cinco siglos, pero dispuesto

siempre a mantenerse de pie hasta el final…

Posiblemente, los melómanos y la radio del Callao, en Perú y de Cali, en Colombia, hoy celebren su herencia y honren su memoria con gozo, amor y gratitud porque la verdad es que Héctor Lavoe es un ídolo que musicaliza su cotidianidad.

Acá, mediante estas líneas que publica la Fundación Nacional para la Cultura Popular, se le recuerda con afecto, respeto y mucho aché.